Víctor.

De entre la diversidad de fauna y flora que se puede localizar en el variopinto y heterogéneo grupo de personas que conformamos  este equipo, contamos con un espécimen particularmente cabroncete, que se significa entre otras cosas por sus agudos comentarios sibilinos y mordaces dirigidos a quién quiera que sea la víctima de ese día, eligiendo para ello cualquier momento del entrenamiento, pero principalmente se ensaña con sus víctimas, cuando éstas, no tienen escapatoria, es decir, cuando están estirando.

Prepara muy bien su estrategia, y para ello no tiene escrúpulos en acercarse al jefe de la manada, a quien camela con sus carantoñas y arrumacos, para conseguir que el míster haga la vista gorda y le permita continuar con sus  poco ortodoxos entrenes.

Este cabroncete en cuestión, elige su presa, justo cuando más desprevenida e indefensa se encuentra, lo que suele coincidir cuando se encuentra bajo su peso, en lo que se ha dado en llamar, “ estiramientos con ayuda”, momento que aprovecha para atacarla, mordiéndole donde más duele:

  • “Segis hoy no hueles a Nenuco”,
  • “Sebas, cariño, ábrete más de piernas”
  • “¡Hombre!. ¡El Padre Almela!. ¿Porqué no viniste ayer?. Ah, claro, que estabas en Misa…”
  • “¡Y ahora, el padre Almela, con la alegría que le caracteriza, nos va a contar un chiste!”…

Este predador despiadado gusta de vestir con atuendos peculiares, algo estrafalarios, para quedar camuflado y poder así asaltar a la pieza elegida pillándole desprevenida.

Con ésta indumentaria coler verde susero, pretende mimetizarse entre los suseros.

El tema de los calzoncillos es cuestión aparte. Del slip, de la foto de abajo, tiene 30. Todos iguales. Cuando le gusta un modelo, ya no cambia, así pasen cien años. Lo siento Bea. Tiene que ser muy duro contemplar esos calzoncillos tipo camuflaje, capaces de hacerle sombra a aquellos otros que lucía orgulloso el Rappel en sus mejores tiempos.

Menos mal, que cuando se trata de ponerse guapo, sabe muy bien como jugar sus bazas. Aquí lo vemos todo molón, y estiloso. Esa sonrisita seductora y picarona, esa gorra tan chic…

Pero no bajéis la guardia. El predador susero nunca descansa, y en cualquier momento, muestra su verdadero rostro.

¡Este!.¡Éste es su verdadero rostro! No lo perdáis de vista. Yo aviso. Es peligroso.

Corre,  aparentemente despreocupado, con las manos extendidas hacia atrás, como si estuviese nadando, apartando el agua, pues es un resquicio que le ha quedado como buen aficionado, aplicado, madrugador practicante de la natación.

Por cierto, se apuntó a un Club de Natación donde la mayoría de los nadadores son de la Tercera Edad, y así, él es el Rey indiscutible. Así cualquiera, porque presume de llevarlos a todos a “pijo sacao”.

Ese es el puñetero de  Víctor. Entre los abueletes nadadores, también ha encontrado víctimas propiciatorias en las que descargar sus garras. Al fin y al cabo, allí ya llega entrenado, porque hace lo mismo, con los otros abueletes, esas pobres criaturas suseras en las que suele descargar sus puyas e hilarantes comentarios.

Su crueldad llega a ser tal, que obligó a su propio hermano, sangre de su sangre, a ir vestido de ésta guisa, por toda Sevilla. Se necesita ser mala persona, para someter a alguien a tremenda vejación.

Y si alguna vez hace alguna carrera de montaña, es porque se ha enterado de que en los avituallamientos  te dan de comer embutido, tocinito de cerdo asado y para acompañar la ingesta de grasita, un buen chorro de vino directamente bebido desde el porrón.

Aquí lo vemos con su amigo, el Tete Fran, a quien lleva engatusando desde que iban a parvulitos en los Salesianos. Me los imagino de pequeños, cogiditos de la mano los dos, vestiditos con su babero, tan monos.

Y corre sin importarle los tiempos, ni le obsesiona en demasía el mejorar sus marcas. Es “un fiera” que no corre más rápido, porque le mola estar en su zona de confort pero que si le entrara el bicho de la competición, arrasaría.

A él lo que le gusta son los entrenes por el río, sin agobios y junto a  sus  ”presas”, charrando, y descojonándose de todo y de todos con su sentido del humor rápido y brillante.

Es un predador lúdico que disfruta entrenando y entreteniéndose con sus víctimas.

Sin embargo, no le gusta hacer carreras y si hace alguna, suele ser de distancia larga. Por eso, ningún año falta a su cita con la maratón de Valencia.

Eso sí. Cuando la acaba siempre dice lo mismo:

  • “¡A tomar por culo! ¡Esta es la última que hago!

Pero no es más que una estratagema para despistar. Al año siguiente, se volverá a apuntar.

En las carreras, acompaña a sus víctimas durante todo el trayecto, en aparente armonía. Pero como es más astuto que un zorro, utiliza su inteligencia para acechar a su presa, y cuando constata que ha llegado el momento oportuno, ¡Zas!, pone cara de malo,  pega el salto y se escapa.

Y eso ocurre cuando le da vuelta a la visera de su gorra. Si veis que Víctor le da la vuelta a la gorra, poneros a temblar, porque eso quiere decir que ya no lo volveréis a ver hasta la meta, donde ya se habrá duchado, cambiado y estará echando una siesta, mientras espera que vayamos llegando  los demás, como podéis observar en la foto de aquí abajo.  

En las ocasiones en las que la manada susera se reúne para celebrar eventos, tras la cena, en lugar de convertirse en el centro de atención, con sus bromas y chanzas,  se aproxima a la barra, donde permanecerá oculto acodado en ella observando al personal.

Si quieres dar con su “talón de Aquiles”, si quieres conocer su punto débil, si quieres saber lo que le aterroriza, intenta que baile. No hay ser humano que haya conseguido que baile, y desde aquí reto a quien quiera aceptar mi envite, a que intente sacar al centro de la pista al esquivo Víctor.

De hecho cuando sale con sus amigos de marcha, es el primero que se va a dormir esgrimiendo una excusas de lo más baladí, proviniendo de un corredor.

  • Me voy a casa- les dice. Es que me duelen las rodillas.

Pero aun siendo un predador temible, en el fondo es un cazador inofensivo que nunca acaba de ejecutar a sus víctimas, siendo incapaz de causarles daño alguno y menos aun, observando las obsoletas y antediluvianas armas que gusta utilizar.

Más bien su intención es jugar con sus presas, como hace un gatito con un ovillo de lana. De hecho, no hay más que verlo como interactúa con sus cachorros. No sabría decir quien se divierte más jugando, si él o sus retoños.

Cuando está con ellos, ya no es Víctor “el cabroncete”, sino Víctor “el niño”, aferrado a sus juegos de infancia,  al igual que sigue aferrado a su osito de peluche sin el cual no puede dormir.

Algunos de esos juegos están ya más pasados de moda que el ábaco que usaban nuestros abuelos para hacer cálculos,. A él le importa un pimiento que nadie los use.

Por muy ingeniero que sea, por muy experto en refrigeración, climatización y otras zarandajas, a él las nuevas tecnologías le traen al pairo. No tiene Facebook, ni Instagram ni Twitter ni falta que le hace. ´

Dale esto, y lo harás feliz.

Para los jovenzuelos, que no lo hayan visto nunca, eso se llama peonza.

Por último, hay una víctima susera que se llama Juan, a quién le gustaría hincarle el diente de nuevo.  Vuelve pronto Juan. Relévanos. Tenemos que repartirnos esta carga. Somos un equipo, ¿no?.

A estas alturas del relato, ha quedado de manifiesto que Victor en realidad, es un cazador en extinción de los que quedan pocos, con un gran corazón. Nunca mata a sus víctimas, y éstas, o sea, nosotros,  acabamos contrayendo el síndrome de Estocolmo porque la verdad es que no conozco a nadie en el equipo que no le quiera.

Víctor, sigue siendo todo lo cabroncete que quieras. Total, te vamos a seguir queriendo igual.

       

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